Tercera entrega de BOX 625, de Jordi Bartra

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CAPÍTULO III

Un camillero cierra el telón del triste y grotesco espectáculo, para llevarme a la habitación donde pasaré la noche bajo control. Cuando por fin me hallo solo, analizo mi alrededor en busca de posibles riesgos, y me pongo a organizar mis cosas. No llevo ni dos minutos solo, que empieza el vaivén de sanitarios en mi habitación. Me dan una bata y una bolsa de basura en la que depositar mi ropa. Un enfermero entra para desacoplar uno de los tubos de mi vía, con tal torpeza que mi sangre brota como si saliera de un grifo abierto, salpicando buena parte del suelo. Al cerrar el tubo, el chico da su labor por terminada y abandona el cuarto tan pancho.

Aún no he acabado de limpiar el despropósito, cuando dos doctores acceden al box y me preguntan por mi historia, que vuelvo a contar con rigor. Parecen una pareja cómica, pues uno es alto y pálido, el otro menudo y moreno. Me sorprende la juventud del personal médico. Todos parecen estudiantes recién graduados, aunque no dudo de su pericia para el oficio. Los médicos más experimentados parecen estar a la retaguardia, bajo la protección de un escritorio.

Los chicos hacen una gran labor con mi reconocimiento. Pocas veces me he sentido tan escuchado fuera de la consulta de mi psicóloga. Mientras hacen preguntas, uno me ausculta y el otro palpa mis muslos en busca de ronchas. En cuanto acaban, intercambian sitios y vuelven a empezar. Su tono solemne me mantiene alerta sobre mi estado de salud, pero aún pasarán horas hasta que los resultados de la prueba arrojen luz sobre mis padecimientos.

Me dejan tranquilo y sigo con mi labor de prevención de riesgos. Me lavo las manos y cojo papel de baño, con el que paso una capa de gel antiséptico por la pantalla del móvil. Hago lo mismo con el botón de emergencias, el mando a distancia y el control remoto de la cama, que, con un solo clic, contorsiona el colchón emitiendo fuertes ruidos mecánicos.

Después de cenar agua con caldo, me quedo a oscuras y medito en busca de la relajación necesaria para dormir. Soy un terrible dormidor fuera de mi cama, y lo que es peor: cuanto menos tiempo tengo, peor duermo, pues no dejo de recrearme en el inevitable paso de las horas. Por eso, dado que tengo fiebre, tos, y me hallo intranquilo, trato de conciliar el sueño cuanto antes.

Cuando estoy a punto de caer rendido a los pies de un profundo sopor, sonidos de pasos y puertas correderas me desvelan sin piedad y me condenan a una noche de insomnio. Paso a recrearme en la fastidiosa luz de emergencia y en los fluorescentes de las distintas plantas del hospital, que diviso desde mi lecho a través del ventanal. Pasan las horas, pero el tiempo permanece congelado. Tengo la intrigante sensación de que el hospital nunca duerme, de que por mucho que corra el reloj, sigue siendo medianoche. Aunque sigo luchando por mi descanso, soy consciente de que no voy a alcanzarlo. Los enfermeros deambulan por los pasillos y no tienen ningún pudor a la hora de hablar en voz alta.

En la eternidad de la noche, tras un largo lapso de silencio, un grito en la lejanía estalla con furia. Pienso en la imagen de un niño gimiendo sin consuelo en el lecho de muerte de su padre. Me habría convencido de ello, si no fuera porque están prohibidas las visitas de familiares. Los sanitarios permanecen sordos a las persistentes llamadas de socorro, hasta que alguien se da cuenta.

— ¿Quién grita? —escucho a través de la puerta.

— No lo sé, yo acabo de llegar hace cinco minutos.

El cambio de turno ha pillado desprevenidos a los enfermeros, que corren hacia la estancia de donde salen los aullidos. Oigo la puerta abrirse y los gritos cesan.

— Quiero un yogurt.

Los enfermeros se quedan pasmados; estupefactos.

— ¿Un yogurt? ¡Pero señora, si son las 5 de la mañana!

Entre gruñidos y balbuceos, la mujer mayor vuelve a insistir.

— ¡Yogurt!

— Señora, espérese un rato que en nada vendrá el desayuno. A esta hora aún no servimos nada. Puedo escuchar en el tono, cómo el enfermero no da crédito a lo que está sucediendo. Tampoco lo doy yo. En unos segundos, la situación quedará zanjada, pero la abuela seguirá gritando en la soledad de su estancia, como si estuviéramos en pleno medievo y le acabaran de amputar un miembro.

Media hora más tarde, alguien corre la puerta de mi habitación y me mira fijamente:

— ¿Estás bien?

Contesto que sí de forma educada, pero siento ganas de bramar como la abuela y pedir que me dejen tranquilo. Pero eso no será posible. Son las cinco y media de la mañana y en menos que canta un gallo, tengo enfrente de mí al doctor alto y pálido, que trae nuevas noticias.

En la oscuridad de la estancia, la silueta del doctor confirma mis sospechas y comunica que he dado negativo en la prueba del virus. Aun así, por extraño que suene, los médicos no se fían de la prueba y me dan por positivo, pues corren tiempos de neumonías atípicas y mi caso no parece ser una excepción. Hago un fútil intento de comunicarle al doctor mis preocupaciones, acerca de la posibilidad de que el virus no me haya alcanzado. Pero ya está decidido, no hay salida. Me mandan a la planta seis con el resto de infectados por SARS-CoV-2. El mundo se me cae encima y temo por mi vida. Si llegara a contagiarme, no dudo de que el virus me remataría. Tengo la fiebre alta y vuelvo a toser con ímpetu. He pasado muy mala noche y el insomnio hace mella en mi psique, pero me preparo para el traslado a la parte alta del edificio, donde unas horas antes pude sentir las almas de los enfermos a través de los bloques de ladrillos.

(Diumenge 26 de juliol, la següent entrega.)

Contacte de Jordi Bartra per tal de reservar el llibre complet:

Correu electrònic : jordi.barsol@gmail.com | Instagram: jordibs96 

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