El operativo policial comenzaría vigilando las rutas de entrada a Marbella, en la Costa del Sol. Vigilando especialmente el aeropuerto y su puerto marítimo. Podría necesitar bastante tiempo, si los emisarios de Lomba llegaran por carretera, digamos por ejemplo provenientes de París, nosotros ni nos enteraríamos. Si eso ocurriera, deberíamos esperar a que el siguiente envío tuviera lugar.
Franz y yo estaríamos desplazados en Marbella, aguardando a que nos avisaran de la llegada de la gente de Lefka Lomba. Entonces los suplantaríamos, y haríamos la entrega a Cruz. Si en el plazo de dos semanas, aquello no ocurría, el plan B pasaba por hacernos pasar por víctimas. Que nos sustrajeran una lujosa colección de relojes, y que su valor fuera suficiente para justificar el viaje al cuartel general de Sergio Cruz. Si las cosas no fueran bien, o puede que al contrario, en el caso de que lo fueran, tardaríamos bastante en empezar a trabajar. Serían unas largas y placenteras vacaciones pagadas a costa del gobierno.
Recordaba un anuncio que vi en internet, promocionaba el «Los Monteros. Spa & Golf resort», dos habitaciones nos irían de maravilla. Debido a la alta ocupación, podría estar lleno, así que estaba dispuesto a conformarme con el «Hotel Marbella Club». El sueño duró solamente unos segundos, puesto que tan pronto hubimos tomado tierra, vinieron a recibirnos dos efectivos del cuerpo de policía. El hombre, de cerca de cuarenta años, muy moreno, con barba poblada y bastante corpulento era el teniente Emilio Armendáriz. Le acompañaba una mujer, su nombre era sargento Vanesa Gómez, también de pelo negro liso y largo, piel bronceada y casi tan alta como el hombre.
—Buenas tardes. Espero que hayan tenido un buen vuelo— saludó Emilio Armendáriz.
—Todo sin problemas—confirmó Franz.
—Tenemos reservados un par de bungalows en el camping «La Buganvilla». Ese emplazamiento nos dará cierta tranquilidad—volvió a apuntar el teniente Armendáriz.
—Además tiene piscina—informó la sargento Vanesa Gómez.
A mí ni siquiera me animaba la piscina. ¿Un camping? Comparado con el «Los Monteros. Spa & Golf resort» que surcaba mi imaginación, aquella noticia era como recibir un jarro de agua fría en invierno. El viaje hasta el bungalow en el Citroën C4 Picasso camuflado, un coche K en el argot policial, fue lo suficientemente largo como para que se me fuera pasando la mezcla de enfado y frustración. A Franz, en cambio, mi sufrimiento pareció entretenerle.
El bungalow no estaba del todo mal. Tenía dos habitaciones dobles independientes, un bonito porche de madera y cuarto de baño con ducha. Si lo pensaba, me daba cuenta de que podría haber sido mucho peor.
—Tenemos que mantenernos a la espera, así que iré a probar la piscina—me dijo Franz—. ¿Tú qué vas a hacer?
—Creo que me quedaré aquí llorando—le respondí bromeando—. Naah, desharé la maleta, y luego me reúno contigo.
La piscina estaba francamente bien. Tenía una zona de sombrillas junto al bar y era de generosas dimensiones. Quizás algo saturadas de niños, como uno puede imaginar, pero era disfrutable. Los bañistas eran mayoritariamente familias extranjeras, destacando sobre el conjunto las rubias cabelleras de mujeres nórdicas, ligeramente entradas en carnes, pero agradables a la vista. Franz se encontraba en el agua, le saludé mientras me sentaba en una de las mesas de la terraza.
Los cristales polarizados de las gafas de sol Randolph Engineering me permitían ver el agua cristalina, sin apenas reflejos del sol en su superficie. Avistaba el panorama pensando en aquellas vacaciones que prometían ser más un suplicio y un aburrimiento, que algo divertido. Di un sorbo a mi bebida de leche con chocolate sin azúcar, momento en el que una mujer nórdica como las que os describía antes, o puede que una de ellas, se sentó a mi lado.
—Buenas tardes— me saludó en un español más que correcto, pero con un acento que para mí, tanto podía ser sueco como finlandés—. ¿Le importa que me siente?
—Al contrario. Me vendrá bien la compañía. Esto no parece demasiado entretenido— le confesé.
Le calculé entre veintiocho y treinta años, con una bonita nariz redondeada. Su cabello le llegaba a la altura de los hombros, húmedo aún. Su piel tenía un tono dorado diferente al rojo que suelen adquirir los rubios extranjeros. Parecía bastante alta, casi tanto como yo. No era delgada, pero tampoco gruesa. Se cubría con un pareo floreado, debajo del cual se dejaba ver un bikini de color negro y unas curvas apetecibles.
—Soy Adriana Bengtsson de Upsala en…
—En Suecia— le corté yo.
No había estado jamás en Suecia, pero conocía a Ghostrider, un motorista callejero que grababa sus proezas motociclistas y las distribuía por internet. Nadie conocía su identidad, pero se decía que era precisamente de Upsala. Por eso sabía dónde estaba esa ciudad.
—Vaya. Me asombra usted con sus conocimientos del territorio sueco, señor…
—Paul Davis. De Barcelona.
—Encantada señor Davis de Barcelona.
—Lo mismo le digo señorita Bengtsson de Upsala.
—¿Qué hace usted aquí? ¿Vacaciones?— interrogó ella.
—Sí, más o menos. ¿Y usted?— repuse yo.
Este trabajo me ha enseñado que cuando alguien es mucho más sociable de lo normal, o bien es un loco o bien quiere algo de ti. En cualquiera de los dos casos, te traerá problemas, así que es mejor ser prudente, en especial, si estás inmerso en una misión y ella es una chica guapa y joven. Nunca se debe proporcionar información de más. Como dicen los abogados televisivos, ‘cualquier cosa que digas podrá ser utilizada en tu contra’.
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Fotografia: imatge de portada del capítol 4 | J. G. Chamorro.














